¡Helo ahí!: el milenio de la palabra
Domingo 1, Junio, 2008 13:05Apenas el 2 de mayo, escribimos lo siguiente: “Ha dejado de ser una verdad de a puños aquello que dijeron los viejos filósofos en cuanto a que el hombre ‘es amo de su silencio y esclavo de su palabra’”. Es amo y esclavo de ambos, pero ahora la que “salva” es la palabra. Bien dicha, sin importar que derrumbe miles de años de prejuicios y componendas.
En su “Fouché”, Stefan Zweig, habla de las meditaciones y reflexiones en soledad de los mesías, filósofos y profetas: su huida hacia los desiertos en busca de la “verdad interior”, como en los casos de Mahoma y Jesuscristo.
Martin Heidegger saltó de su “Selva Negra” para meterse a todos los filósofos contemporáneos en el ‘bolsillito’ de su chaqueta pre-nazi. Pero, ¡fijaos bien!: las grandes inteligencias en todas las épocas “debieron” administrar su silencio no porque lo quisieran (todos los que asumimos nuestra soledad existencial y la vida entre libros, lo valoramos más que nada), sino por el contexto: Pitágoras de Samos, parlanchín y milagrero, huyó del tirano Polícrates lo que quería “siquitrillar”, y fundó las “heterías”, ligas secretas de carácter cuasi militar en que se discutían filosofía, milagros, religión, temas castrenses y se le rendía culto al dios Orfeo, de la música, pero también sufrió el asedio de sus detractores en el filosofar y en matemáticas; de Heráclito de Efeso se conservan unos 108 fragmentos.
Los demás fueron destruidos (“el comején no toca libros malos”, dice Alejandro Arvelo), por la persecución de sus ideas y a 23 siglos, Ferdinand de Lasalle (hombre bragado, pues murió en un duelo en la Viena de 1864), lo motejó como “el oscuro de Efeso”.
Platón pidió la hoguera para los libros de Demócrito de Abdera, al igual que hicieran Mateo Morrison y Abel Fernández con la “Teoría Literaria”, de Angel Lacalle, consumida por las llamas en una tarde triste de la Facultad de Humanidades de la UASD.
¡Eran los tiempos de ‘revolución cultural’ contra el Balaguerato!, pese a que ningún dominicano supera aún dicha preceptiva literaria.
Sócrates apuró la cicuta acusado de impiedad y de corromper a la juventud (Platón lo dijo todo por él, al igual que los discípulos por Jesucristo, pues no dejaron nada de escrito de puño y letra, aunque el Cordero garabateó “algo” con el dedo en el suelo, pero nadie sabe qué fue); Descartes produjo sus obras en los Países Bajos (Flandes), por la intolerancia de la Francia de su época; Maquiavelo dirigió una rebelión en Florencia, que pese a que no fue contra su mecenas ‘El Magnífico’, Lorenzo de Médici, sino contra Juliano, éste le perdonó la vida a cambio del destierro; lo de Galileo, Nicolás de Cusa, Copérnico y Giordano Bruno, se conoce; los libros de Freud fueron quemados por los nazis.
Y ahora debo aclarar que Baltasar Gracián “las vio verde” con los jesuitas, y Azorín vivió “al salto de pulga”, periódico en periódico no por su gusto, sino por la aversión que provocaba su talento); Balaguer vivió como “un cortesano de la Era de Trujillo”, y/o administraba su silencio, o perdía el cogote, y hoy, aunque se sabe, “página en blanco” grita que se la llene de palabras.
“EN BOCA CALLADA no entran moscas”
Es el refrán que sintetiza el miedo al puño del poder y sus ramificaciones; no de la “sociedad abierta” de Popper, sino de la “cerrada” (tiránica, combatida por él). El aislamiento de un Schopenhauer, un Kant o un Albert Einstein (éste último se dirigía a su mujer por “notas” para que lo dejara administrar su prodigioso cerebro y su razonar en silencio), tampoco se debió a sus espíritus anacoretas, sino a la inquina que provocaban sus ideas, que al igual que al genio de Newton, su genialidad fue sólo al final de sus días.
De modo, pues, que todos ellos tuvieron razones contextuales para callar o pregonar la primacía del silencio sobre la palabra.
Pero Ferrater Mora y Khalil Gibrain crearon, aun en medio del bullicio de las atestadas calles de New York, y Borges, en sus paseos por su Buenos Aires, aunque prefirió morir en la fría Ginebra, Suiza, no obstante que ésta, junto con Austria, Suecia y Noruega, tienen el más alto índice de suicidio (“la más extrema forma de censura”, según Bernard Shaw) del mundo, y no precisamente por el “silencio”, sino por la soledad, angustia existencial, depresión, porque ¡No todos somos filósofos profesionales!, sino diletantes, proclamara el mismo Popper.
DECÍA -y un ensayo no se puede escribir en un artículo a vuelo de pájaro-, que este milenio “es el de la palabra”. ¡Y no es que no valoremos el silencio! Un poetastro de Vicente Noble escribió: “Detrás del equilibrio// está el silencio/ Detrás del silencio// están sus sombras”
Y lo decimos porque “El Libro” dice que “al comienzo fue el Verbo”, y Sófocles, al designar a “la más extraña de todas las criaturas”, no mencionó el silencio, que dudo vengamos de él, sino “del pensamiento alado, la palabra hablada y ese inmenso afán de construir ciudades”; las ruidosas de hoy –no la ciudad interna, la conciencia, la reflexión filosófica, la “Ciudad de Dios”, de Agustín de Hipona, el “Doctor Angélicus”, ni de Tomás de Aquino, el “Doctor Magnificus” (otra luminaria de la humanidad, advertido muchas de no externar “ciertas dudillas”)–, reclaman, junto a la introspección del filósofo, la palabra, la que no viene de la lengua embustera, sino la que edifica lo “real”; la que no escamotea las verdades individuales.
Está bien lo que dice mi filósofo de la UASD: “La discreción, el tacto, la sensatez, son en principio, los únicos medios con que contamos para frenar el vertiginoso avance del mal que nos macera. La logofobia (debiera ser logorrea, a.u.) es la antesala al desenfado y la irresponsabilidad”.
¿Y quién combatirá a los gárrulos que adormecen al pueblo? Seguro que deben ser los nuevos Sócrates y Pitágoras, que lanzaban discursos en las plazas públicas. “La simulación en la lucha por la vida”, un texto poco conocido de José Ingenieros, cita el disfraz de un gusano que descubrió Darwin, porque la “simulación”, reflexiona el ético argentino, era, para el gusano “(…) un medio excelente para vivir”.
Al menos yo me inscribo en ese positivismo-pesimista. Y ahora el mayor General Ramírez Ferreira, presidente de la DNCD, nos sorprende con esta perla, aunque no dice si es de Walt Whitman: “Aunque el viento sople en contra, la poderosa obra continúa: Tú puedes aportar una estrofa. No dejes nunca de soñar, porque en sueños es libre el hombre. No caigas en el peor de los errores: el silencio”. (El Nacional, 31-5-08).