Lavoisier, el divino Demócrito y Galeano

Lunes 18, Enero, 2010 10:22

La hermana de la Caridad de San Vicente de Paúl, sor Carmen Sanz (no sé si vive aún), española, profesora de Física en el “Liceo San José y Virgen del Carmen”, construido por esa congregación en Vicente Noble, nos envió a una página del libro donde el químico-físico francés Antoine Lavoisier decía: “En la Naturaleza nada se crea, ni nada se destruye; todo se transforma”.

Mi curiosidad fue tal que jamás lo he olvidado, pese a todas las interrogantes que entraron en tropel en el banco de mi memoria. El otro momento mágico fue cuando el reverendo Samuel Grano de Oro -¡que tampoco sé si murió, pues no lo he vuelto a ver jamás!-, en el Curso-UASD, Barahona, mencionó que los filósofos griegos de las colonias jónicas, al oeste de lo que es hoy Turquía, buscaban el “principio” de todo lo que existe o “arjé” reflexionando sobre elementos concretos.

Tales de Mileto decía que todo había surgido del “agua” y sus discípulos Anaximandro (el “apeirón”) y Anaxímenes decía que el “pneuma” o aire. Pero mi verdadera angustia existencial (¿puedo decir neurosis?) y gran satisfacción la encontré con un folleto mimeografiado por Jesús de la Rosa de un capítulo de uno los divulgadores de la Academia de Ciencias URSS, Konstantinov: “La materia y sus formas de existencia”, y descubriría lo que el pastor, al igual que las monjas, habían escamoteado: las teorías de Heráclito de Efeso y Demócrito de Abdera. Luego, por mi cuenta estudiaría, a veces en fragmentos, a Empédocles, Leucipo y Epicuro y luego la tesis de K. Marx sobre éste. Después a todos hasta el romano T. Lucrecio Caro.

Me emocionó la teoría del devenir de Heráclito, pero quedé boquiabierto con el divino Demócrito de Abdera (460-370, a .d. C.), y su teoría atomística, pues cuando eso no sabía nada de Eratóstenes de Alejandría, y la ‘folletería’ estaliniana de filosofía de la UASD era esquemática, baldía y esquizoide, pero la enciclopedia Espasa-Galpe, la otra disponible, era dispersa, palabrera e ininteligible para quien apenas había oído hablar de filosofía en la glosa duartiana o en algún poema.

¡Oh, divino Demócrito!
Quienes me conocen, saben que cito de memoria, lo que no es ventaja, sino lo contrario: ¿Cómo era posible que aquel discípulo de Leucipo dijera cuatro siglos a.d. C., cuando apenas existía la lupa, que todo lo que existe en la Naturaleza o Universo estaba formado por partículas infinitamente pequeñas que no podían ser captadas a simple vista llamadas átomos (en griego: a=no; tomos=cuerpo: “no cuerpos”), que los átomos no sufrían transformaciones cualitativas (de calidad), sino cuantitativas (de cantidad); que eran eternos e indestructibles y que depencon diendo de cómo se organizaran, se formaban todos los objetos, fenómenos y procesos del Universo; es decir: que todo está formado por átomos.

Ponía el ejemplo de una hoja de papel y decía que cuando se quemaba los átomos no desaparecían, sino que adoptaban una forma diferente de organización.

¡Pero muchos disparates se han dicho en el mundo! Lo fenomenal de Demócrito es que la física de partículas (cuántica) y la astrofísica, hoy le dan la razón, al igual que a Lavoisier, pues en el Universo “nada se crea, ni nada se destruye; todo se transforma”, sino que toda la materia del Universo en expansión son átomos, que después del Big Bang o “Mit” (por la teoría de Alan Guth sobre explosión del primer átomo) no se ha creado un solo átomo más.

Los átomos son eternos (William Shakespare en “Ricardo III” y “Sueños de una noche de verano”, afirmó que estamos formados de la misma materia que se forman los sueños), y pese a que nuestro planeta tiene unos 4,500 millones de años, los átomos de los 94 elementos de la Tabla Química vinieron de las estrellas, nunca se han destruido, son 99.9% vacío (pese a su núcleo y los protones y electrones que giran dentro) como dijo Demócrito, son tan pequeños que 1,000 millones de ellos caben en el punto final colocado por una lapicera de una oración, y todos los átomos de la Tierra no sólo vinieron de otras estrellas, sino que todos nuestros átomos son los mismos de los dinosaurios, las ballenas mamuts, las rocas, los glaciales, las rosas, animales y plantas que vivieron hacen millones o cientos de años en nuestro singular planeta, pues el Universo tiene unos 13 mil 700 millones de años desde el Big Bang. Y el día que nuestro Sol se convierta en una Super Nova y nos trague con todo y Tierra y demás planetas, y luego explosione como una enana blanca, nuestros átomos seguirán dispersos por el Universo como el primer ‘guandul’ porque no son los diamantes ni los humanos ni los dioses que son eternos, sino ¡Ellos! ¡Échenle hilo al bollo, ridículos ricachones y amigos de lo ajeno!

¡Ay no, Galeano!
Eduardo Galeano es una especie de ‘monstre sacré’ de la izquierda mundial. “Las venas abiertas…” la leí cuando Juan Rulfo y “El libro de los abrazos” me cautivó. Sus lecturas son obligadas, pero algunas tesis del “Manual del perfecto idiota latinoamericano”, en parte crítica demoledora a sus tesis, de A. Vargas Llosa, Apuleyo y Montaner, no me parecieron tan absurdas. No me gustan las mentiras, vengan de donde vengan.

A Galeano que revise sus fuentes históricas porque lo del colonialismo es verdad, pero no consta que Haití haya pagado los 150 millones de francos que impuso Francia, lo que demuestra que Chirac mentía cuando dijo que “Haití no fue propiamente una colonia francesa”; y Galeano que señalé en qué lugar de nuestra frontera está el maldito letrero que dice: “Al otro lado está el infierno negro. Sangre y hambre, miseria y peste…” y demás sandeces que señala. En esto hay que ser serio y no evacuar articulejos que son ficción charlatanesca.

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