¡Ah, Subero lo entiende!: el milenio de la palabra

Lunes 22, Febrero, 2010 14:48

El juez-presidente de la Suprema Corte de Justicia, Dr. Jorge Subero Isa, reconoció esta semana el derecho que tienen los periodistas a expresarse, y citó a un autor que desconozco (Paúl Bunché o Bunche) quien afirmara que “El silencio es el veneno que mata el corazón”.

Esta admisión me hizo volver sobre mis pasos porque el año pasado mi admirado amigo y filósofo Alejandro Arvelo Polanco, presidente de la Feria del Libro, escribió un breve ensayo de prendida envidiable: “La filosofía del silencio”, en  que vertía conceptos de este calibre: “La discreción, el tacto, la sensatez son en principio, los únicos medios con que contamos para frenar el vertiginoso avance del  mal que nos macera. La logofobia es la antesala al desenfado y la irresponsabilidad”.

Arvelo se quejaba del parloteo de hoy y basaba su tesis en que sólo el silencio creador, reflexivo, del filósofo, del científico, daba frutos, no así el guirigay del político. Citémoslo: “En filosofía no hay frutos que valgan si no se le levantan sobre el conocimiento o la crítica asimilación de una determinada tradición de pensamiento. El político comienza su tarea con la pretensión de organizar el entorno.

El auténtico filósofo empezará poniendo en orden su propio entendimiento, entrando en diálogo consigo mismo, interrogando la posición del Universo en que él anida. En tan grande afán, en tan noble tarea, cada quien se encuentra irremediablemente solo”.

Ante un bisturí tan penetrante, certero –cuya tesis no descarto, sino que integra mi visión del mundo–, escribí unos garabatos afirmando que sí, pero que estábamos en “el milenio de la palabra”. El siglo XXI no es sólo el siglo del postmodernismo (informática, robótica, cibernética, etcétera); es el siglo de “la palabra”, del mundo-hombre ‘light’ y de las variopintas manifestaciones del pensamiento, el arte y la cultura.

Ha dejado de ser una verdad de a puños aquello que dijeron los viejos filósofos en cuanto a que el hombre “es amo de su silencio y esclavo de su palabra”. Es amo y esclavo de ambos, pero ahora salva la palabra, bien dicha, sin importar que derrumbe miles de años de prejuicios y componendas”, argumentamos.

De Pitágoras a Balaguer
En su “Fouché”, Stefan Zweig, habla de las meditaciones y reflexiones en soledad de los Mesías, filósofos y profetas: su huida a los desiertos en busca de la “verdad”, como Mahoma y Jesuscristo. Martin Heidegger, saltó de su “Selva Negra” para meterse a los filósofos contemporáneos en el ‘bolsillito’ de su chaqueta pre-nazi.

Las grandes inteligencias, en todas las épocas, debieron “administrar su silencio” no porque lo amaran (todos los que administramos nuestra soledad existencial y la vida entre libros, lo valoramos más que nada), sino por el contexto: Pitágoras de Samos, parlanchín y milagrero, tuvo que fundar las “heterías” (ligas secretas de carácter cuasi militar donde discutía filosofía, religión, temas militares y se rendía culto al dios Orfeo, de la música, etc.), debido que el tirano Polícrates lo quería freír huyó Crotona); de Heráclito de Efeso, se conservan unos 188 fragmentos. L

os otros fueron destruidos por la persecución de sus ideas y a XXIII siglos, Ferdinad de Lasalle (hombre bragado que murió en un duelo en la Viena de 1864) lo llama “el oscuro de Efeso”. Platón pidió la quema de los libros de Demócrito de Abdera. Sócrates apuró la cicuta acusado de impiedad y de corromper a la juventud. Descartes produjo sus obras en Los Países Bajos por intolerancia de su Francia; Maquiavelo dirigió una rebelión no contra sus Mecenas Médici y Juliano le perdonó la vida a cambio del destierro; Galileo, Nicolás de Cusa y Giordano Bruno, pagaron su osadía del hablar y escribir.

Palabra perseguida
Los textos de Freud fueron incinerados por los nazi; Balaguer, “cortesano de la Era de Trujillo”, o administraba su silencio o se perdía, pero su “página en blanco” clama todavía ser llenada de palabras.

“En boca callada no entran moscas”, es el miedo el puño del Poder y sus ramificaciones; no de la “sociedad abierta” de Kart Popper, sino de la “cerrada” (tiránica, combatida por él), el aislamiento de un Schopenhauer, Kant o Einstein, fue en respuesta a los espías.

Lo mismo pasó con Baltasar Gracián, Séneca y Azorín. Ferrater Mora y Khalil Gibrain produjeron en medio bullicio de las atestadas calles Nueva York; y Borges, en sus paseos por su Buenos Aires y prefirió morir en la fría Ginebra, que con Austria, Suecia y Noruega, tienen el mayor índice de suicidios del mundo, pero no por el “silencio”, que más que silencio, es soledad, angustia existencial, depresión. ¡No todos somos filósofos profesionales!, sino diletantes, como lo proclamó el mismo Popper.

Un ensayo no se puede escribir en un día y menos a vuelo de pájaro en artículo periodístico, pero ¡este milenio es de la palabra”. ¡Y no es que no valoremos el silencio! Un poetastro de Vicente Noble escribió: “Detrás del equilibrio// está el silencio/ Detrás del silencio// están sus sombras”. Y lo decimos porque “El Libro” dice que “al comienzo fue el verbo”, y Sófocles, al designar a “la más extraña de todas las criaturas”, no mencionó el silencio, que dudo vengamos de él, sino “el pensamiento alado, la palabra hablada y ese inmenso afán de construir ciudades”; las ciudades ruidosas de hoy –no la ciudad interna, la conciencia, la reflexión filosófica o teológica, la “Ciudad de Dios”, de Agustín de Hipona– reclaman, junto a la introspección del filósofo, la palabra, no la de la lengua embustera, sino la que construye la verdad y la claridad.

Estoy con Arvelo, mi filósofo preferido de la UASD, pero ¿quién combatirá a los gárrulos que adormecen al pueblo? ¡La dura palabra!

Puede dejar una respuesta, o hacer un trackback en su propio sitio.

Escriba un comentario

Spam Protection by WP-SpamFree